
Los hombres nacemos solos y morimos solos en nuestra individualidad.
En ese recorrido por la vida se nos apegan presencias de otras soledades que, en nuestra necesidad humana de sentirnos contenidos, comparten amores, experiencias, tristezas y desamores. Las nombramos y le atribuímos diferentes cualidades en las que depositamos nuestra necesidad. Através de ellas construímos una suerte de ser, que culturalmente se adecúa a lo que se considera un hombre de bien.
Nos vestimos tras estos apegos y, cuando creemos tener el vestuario completo, las costuras se debilitan y empezamos a quedarnos desnudos. Aquellas presencias en las que habíamos depositado toda nuestra necesidad de contención, nos abandonan creyendo haber aportado lo sufuciente como para que cosamos nuestros trapos con éxito.
Allí, en el impacto de la ausencia, comienza a roer de manera impiadosa, la incertidumbre, batiendo vacío ante la falta de respuesta a las preguntas que redacta nuestra seguridad. Esa seguridad de haber estado vestido, muta a vergüenza cuando descubrimos esta desnudez.
Sin embargo, reconocemos que debemos sabernos desnudos para volver a redescubrirnos como soledades presentes circunstancialmente, si al final los ojos bajo la tierra volverá a encontrarnos desnudos y solos.
En ese recorrido por la vida se nos apegan presencias de otras soledades que, en nuestra necesidad humana de sentirnos contenidos, comparten amores, experiencias, tristezas y desamores. Las nombramos y le atribuímos diferentes cualidades en las que depositamos nuestra necesidad. Através de ellas construímos una suerte de ser, que culturalmente se adecúa a lo que se considera un hombre de bien.
Nos vestimos tras estos apegos y, cuando creemos tener el vestuario completo, las costuras se debilitan y empezamos a quedarnos desnudos. Aquellas presencias en las que habíamos depositado toda nuestra necesidad de contención, nos abandonan creyendo haber aportado lo sufuciente como para que cosamos nuestros trapos con éxito.
Allí, en el impacto de la ausencia, comienza a roer de manera impiadosa, la incertidumbre, batiendo vacío ante la falta de respuesta a las preguntas que redacta nuestra seguridad. Esa seguridad de haber estado vestido, muta a vergüenza cuando descubrimos esta desnudez.
Sin embargo, reconocemos que debemos sabernos desnudos para volver a redescubrirnos como soledades presentes circunstancialmente, si al final los ojos bajo la tierra volverá a encontrarnos desnudos y solos.